miércoles, 15 de julio de 2015

LA LIBERACION DEL DESNUDO MASCULINO EN EL SIGLO XX (ALEMANIA)


Setecientas sesenta y ocho páginas de desnudos masculinos pueden parecer muchas, mas reunir hoy tantas fotografías de hombres desnudos en Europa y en Estados Unidos no es tan difícil, pues hay gran cantidad de hombres y mujeres que fotografían el cuerpo masculino para revistas o coleccionistas. Ver una fotografía de un hombre desnudo ya no hace estremecerse a nadie.

Pero esto no siempre fue así. A finales del siglo pasado era prácticamente imposible ver a un hombre desnudo, si exceptuamos a Dandow, un culturista rubio, antiguo modelo de estudio. Cuando emigró a Estados Unidos, Florenz Ziegfeld lo promovió rápidamente como “el hombre más perfecto del mundo”. Las postales de la época, muy populares, lo presentaban vestido simplemente con una hoja de parra. No obstante, parece ser que era el único que se lo podía permitir, ya que la desnudez masculina se ocultaba cuidadosamente, y tan sólo hacía breves apariciones en los cuadros o en las escenas de vodevil. En ambos casos, esa desnudez se veía en la obligación de hacer referencia a la tradición artística, lo que le confería cierto grado de respetabilidad.

En la antigua Grecia, el cuerpo desnudo era el motivo predilecto de los escultores. Sin lugar a dudas, esto tiene su explicación en el hecho de que los hombres se paseasen con una pequeña túnica o con una toga, y porque el cuerpo no era tabú. Sin embargo, no era del todo inocente que los atletas participasen en las competiciones deportivas completamente desnudos. En un primer momento, los jóvenes deportistas iban apenas en paños menores, hasta que se decidió que, en lo sucesivo, correrían, lucharían, lanzarían la jabalina y el disco como Dios los trajo al mundo. Esto se debió a que la forma de homosexualidad admitida por los griegos, es decir, la inclinación que los hombres maduros sentían hacia los más jóvenes, incitaba a los aficionados a las competiciones deportivas a querer admirar a sus protegidos en plena acción y en toda su perfección y naturalidad.

A todas luces, el cuerpo del hombre estaba considerado en la época como objeto de deseo, más incluso que el de la mujer, que era esculpido con menos frecuencia y estaba, la mayoría de las veces, envuelto en telas.

La tradición de embellecer los monumentos públicos y las villas de los patricios con esculturas de hombres desnudos perduró en la antigua Roma, pero acabó desapareciendo con el advenimiento del cristianismo. En realidad, toda representación humana desapareció bajo la influencia de la Iglesia oriental, que prohibía las imágenes. Cuando la Iglesia cristiana se hizo más flexible, autorizó los iconos de santos y de personajes importantes en forma de mosaicos.

¡Que alivio supuso para los amantes de la belleza carnal la irrupción del Renacimiento! Miguel Ángel abrió el camino con su David y con otras muchas esculturas. Sus frescos de la capilla Sixtina le permitieron aplicar el mismo estilo, creando unos hombres desnudos imponentes, nobles e inspirados en lo antiguo. Se procedió a excavar la tierra para desenterrar las estatuas griegas y romanas, consideradas como el súmmum de la belleza masculina.

El desnudo, esculpido y moldeado en bronce por Miguel Ángel, Donatello, Cellini y muchos otros más, se convirtió en un genero artístico reconocido.

Cuando, a principios del siglo XVI, el Renacimiento se trasladó a Francia bajo los auspicios de Francisco I, el desnudo masculino lo siguió.

Las mujeres idealizadas, esbeltas, de estrechas caderas y largas piernas, se encontraban entonces cerca de nuestros actuales cánones de belleza. Y en cuanto al desnudo masculino, éste siguió siendo el valiente guerrero bien plantado que predominaba en Italia.

En los siglos XVI y XVII, en Francia, los dioses de la Antigüedad y las escenas mitológicas continuaron ofreciendo pretextos para poder enseñar hombres desnudos. En Alemania, Durero, que era un hombre bien parecido, se dibujó vestido de Adán y realizó numerosos desnudos masculinos y femeninos. La tradición clásica no era su fuente de inspiración, y sus cuerpos de hombres eran más realistas. A esto hay que añadir que los desnudos eran menos habituales en los países del Norte, donde las temperaturas no animaban precisamente a desnudarse. Así, permanecer vestido era cuestión de supervivencia. En cambio, los climas más cálidos de Italia y Francia daban al cuerpo una mayor libertad, por lo que verlo parcialmente desvestido no suponía ninguna novedad.

A principios del siglo XIX, la llegada al poder de Napoleón comportó una gran renovación del interés por el clasicismo, que fue explotado a menudo por el emperador como un instrumento con fines propagandísticos. Napoleón pretendía conferir legitimidad a su trono vacilante, asociándolo lo máximo posible a las tradiciones del pasado. Algunos pintores aceptaron el reto, como David. Sus cuadros, por ejemplo “El juramento de los Horacios”, no escatimaban la presencia de hombres desnudos y aspiraban a ennoblecer la guerra y a los guerreros. El escultor Antonio Canova consiguió reinterpretar a las mil maravillas las tradiciones clásicas en formas puras y sensuales realizadas en mármol blanco. Sin embargo, su gran desnudo de Napoleón no satisfizo al emperador, y acabó encontrando su sitio en el suntuoso palacete del duque de Wellington en Londres, como si se tratase de un trofeo de guerra tras su victoria en Waterloo.

Tras la caída de Napoleón y la llegada al poder de un gobierno más orientado hacia los negocios, encarnado por Luis Felipe, “el rey comerciante”, las imágenes de hombres desnudos desaparecieron súbitamente de escena. Parecía existir una contradicción entre la imagen de los burgueses de punta en blanco, envarados en negras levitas y sombreros de copa, y el desnudo masculino tradicional.

Desde su aparición, la fotografía descubrió el interés de hacer posar a los modelos para vender su imagen a los artistas. Los modelos vivos representaban un coste elevado para los pintores que así podían realizar estudios del cuerpo humano con menos esfuerzo. Acababa de nacer la fotografía del desnudo masculino. En cuclillas, con el cuerpo inclinado hacia delante, levantando pesos, luchando con otro hombre desnudo… Todas estas poses eran utilizadas como fuente de inspiración por numerosos artistas, sobre todo en París.

En la segunda mitad del siglo, en Filadelfia, el pintor Thomas Eakins fotografiaba escenas y modelos que utilizaba más tarde en sus cuadros, y fue más allá de los simples estudios para crear fotografías que eran arte al cien por cien. Su trabajo desprendía, asimismo, un ligero regusto a voyeurismo. A decir verdad, debía de sentir cierto placer en convencer a esos hermosos muchachos de que se desnudaran delante de su objetivo, lo cual no era nada habitual en esa época de mojigatería victoriana.

Eadweard Muybridge fue uno de los primeros que se desmarcó de esta tendencia y se valió del pretexto del arte para admirar a los hombres desnudos. Fascinado por el aparato locomotor humano y animal, Muybridge inventó un sistema fotográfico que le permitía descomponer el movimiento. Fotografió hombres y mujeres desnudos corriendo, saltando, bailando, lanzando pesos, con el propósito de analizar la manera como se articulaba el cuerpo en acción. Estos clichés tuvieron que esperar mucho tiempo antes de ser publicados en la Ámerica puritana de los años 1870 y 1880, pero la ciencia se llevó el gato al agua y algunos privilegiados pudieron finalmente ver desnudos masculinos.

Las primeras fotografías de desnudo masculino que no intentaban ser nada más que lo que eran fueron tomadas por el barón Wilhelm von Gloeden en Taormina (Sicilia). Exiliado y arruinado, el barón fotografiaba a adolescentes vestidos con una simple corona de flores, y gracias…

Esas imágenes, supuestamente evocadoras de escenas de la antigua Grecia, se vendían a los turistas. El primo del barón, Guglielmo Plüschow, preparaba imágenes similares en Nápoles. Antes de finales de siglo, otros fotógrafos romanos realizaban fotografías de desnudo masculino que ya no fingían imitar la antigua Grecia. En Alemania, Theodor Hey fotografiaba a hombres desnudos con un estilo menos clásico, y continuó haciéndolo, la mayoría de las veces en paisajes soleados, hasta la Primera Guerra Mundial.

Justo antes de la guerra, llegaron a Rusia los ballets rusos de Diaghilev, y revolucionaron la música, la pintura y el comportamiento general. Sus primeras figuras, entre las cuales se encontraba Vaslav Nijinski y Anna Pavlova, manifestaban una actitud abiertamente erótica sobre el escenario, y el repertorio de los bailes, desprendía una atmósfera cargada de emoción y de abandono sensuales. Por si fuera poco, los trajes de los bailarines no tapaban nada de sus cuerpos ágiles y esbeltos.

La guerra asestó un duro golpe a la hipocresía y mojigatería victorianas, en parte, porque la ropa pasó a ser menos formal. Los hombres, vestidos de uniforme, y las mujeres, que participaban en los esfuerzos de la guerra, no podían permitirse tener sus movimientos obstaculizados por ropas demasiado apretadas o sofisticadas. Esencialmente para con las mujeres, la moda se hizo más práctica, y abandonó los corsés y las faldas largas. Las guerras siempre suelen traer consigo una relajación de las costumbres. Una Europa más sedienta de los placeres de la vida y sexualmente más abierta acogía favorablemente la evolución de la fotografía… y de sus desnudos masculinos cada vez más numerosos.

Algunos fotógrafos artísticos se comprometieron a seguir por este camino, aun trabajando con objetivos desenfocados. Fred Holland Day mostraba jóvenes efebos melancólicos encaramados a grandes rocas o echados a la orilla de los estanques, siempre desnudos. Pero tiempo más tarde, Imogen Cunningham fotografió a su hermoso marido Roi escalando el monte Reinier completamente en cueros. En los años locos, las estrellas de cine, hombres y mujeres, no ponían ninguna objeción al hecho de ser fotografiados muy ligeros de ropa.

Rodolfo Valentino y Ramón Navarro, ambos estrellas de ambigua sexualidad, hacían de su cuerpo la principal herramienta de trabajo. La industria cinematográfica no tardó en darse cuenta de que los hombres objeto llenaban las salas.

Era ese un terreno fértil que únicamente Sandow había explotado con anterioridad. Acababa de darse un nuevo paso adelante. El vodevil solía presentar de manera regular a algunos bailarines, como Ted Shawn, de la compañía Denishawn, y las fotografías que serían destinadas a sus admiradores los mostraban generalmente con el uniforme de trabajo, es decir, con casi nada.

Antes de la guerra, los nudistas y los naturistas habían anticipado ya la liberación del cuerpo. Los hombres procuraban mejorar su físico cada vez más. Esto no suponía obligatoriamente aparecer desnudo, pero, después de tantos esfuerzos para desarrollar la musculatura, por norma general tenían tendencia a querer mostrarse. En el período de posguerra apareció un nuevo género de revistas que se dirigía a todos aquellos que se interesaban por el cuerpo humano.

Las publicaciones de nudismo y de naturismo tenían, por supuesto, sus lectores asiduos, pero sobre todo ofrecían la posibilidad a todos y a todas de ver a hombres y mujeres desnudos, y no se privaron de hacerlo. A pesar de su carácter inocente, dichas publicaciones se hallaban colocadas generalmente en el estante más elevado de los quioscos de periódicos, o bien bajo el mostrador, y el cliente tenía que hacer acopio de todo su valor para pedirlas.

En los primeros tiempos, las publicaciones de culturismo también eran, a su vez, vehículos inocentes para intercambiar consejos sobre régimen y musculación. Pero sus imágenes de jóvenes fornidos sanos y robustos seducían asimismo a un conjunto de lectores homosexuales que jamás habían puesto un pie en un gimnasio. Rápidamente, los editores comprendieron esta situación y empezaron a presentar a sus campeones de culturismo adoptando formas más apetecibles.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, los aficionados a la desnudez tenían que contentarse con imágenes de actores, bailarines, nudistas y culturistas. Existían bastantes fotografías artísticas de desnudo masculino, realizadas por George Platt Lynes en Estados Unidos, Angus McBean en Inglaterra o Raymond Voinquel en Francia, pero generalmente estaban reservadas para sus amigos. Era raro que tales imágenes llegasen a una exposición fotográfica. La reticencia de los hombres a desnudarse no se disipaba así como así.

La Segunda Guerra Mundial logró que las costumbres y los códigos de indumentaria se debilitaran un poco más. A finales de los años 40, las publicaciones de culturismo reaparecieron con un formato muy diferente. En esta ocasión, se mostraban tíos buenos por el placer de ver tíos buenos, como los de Bruce of Los Ángeles, los de Lon of New York y muchos otros más.

Sin embargo, el desnudo masculino seguía siendo el blanco de los ataques de la censura. Los fotógrafos, y sobre todo la revista de Bob Mizer, “Physique Pictorial”, estaban en la mira del fuego cruzado de los pudibundos. El editor de “Grecian Guild Pictorial” resistió incluso ante el Tribunal Supremo, que finalmente decidió que la desnudez no era obscena. Eso fue un gran paso adelante y muchos fotógrafos y publicaciones no dejaron escapar la oportunidad.

Era en el año 1968. Aunque la atmósfera general tendiese hacia una libertad en las costumbres y la consigna fuera “no tenemos nada que esconder”, la fotografía tardaría aún un tiempo en ponerse al día, a pesar de los “streakers” (corredores desnudos) que regularmente aparecían en la portada de los periódicos.

Si bien las fotografías de desnudos se multiplicaban rápidamente en una prensa que seguía vendiéndose desde debajo del mostrador, éstas seguían teniendo grandes dificultades para conseguir la aceptación en el mundo de las galerías de arte.

Pasados diez años del juicio en el Tribunal Supremo, se inauguró en la Marcuse Pfeifer Gallery de Nueva York la primera exposición dedicada al desnudo masculino, que recibió una gélida acogida por parte de aquellos críticos que creían que éste pertenecía al terreno de los homosexuales y de las feministas que deseaban ver hombres rebajados y vulnerables. Tan sólo René Ricard se atrevió a declarar: “¿… no consideran ustedes que los órganos genitales del hombre tienen un aspecto un tanto… decorativo?, como si se tratase de un accesorio puesto allí a guisa de detalle divertido”. Ese era el problema: el pene. Los hombres no estaban dispuestos a que su pene fuera motivo de risa.

Desgraciadamente, las críticas no estaban en la onda de la época. O, mejor dicho, afortunadamente. En el momento de esta exposición, Robert Mapplethorpe ya se encontraba sobre la escena neoyorquina, y pronto sería reconocido como una fuerza artística superior gracias a su sabia utilización del “sex.appeal” y a su agudo sentido para las relaciones públicas. Sus flores, sus retratos de personalidades de la gente guapa y sus primeros planos de sexos masculinos ofrecían una combinación embriagadora para los nuevos ricos de los años 80. Algunos fotógrafos de publicidad empezaron a pisarle los talones a Mapplethorpe: Bruce Weber, Herb Ritts, Francesco Scavullo, Greg Gorman y otros muchos. Pronto, algunos hombres desnudos se encontraron vendiendo ropa interior, perfumes y moda femenina.

Los libros, los calendarios y las postales proliferaron, de igual manera que la industria del porno gay, cuyas evanescentes stars se convirtieron en celebridades, Jeff Stryker fue entrevistado para la revista “Interview”, y no tuvo ningún falso pudor en explicar a la periodista lo que le diferenciaba del resto de actores porno.

Hoy en día, el desnudo frontal, sin haber llegado aún a resultar banal, se encuentra por todas partes. Estrellas de cine como Bruce Willis y Tim Robbins nos dejan entrever algunos fragmentos íntimos de su anatomía, siguiendo los pasos de Sharon Stone. Una serie de películas sobre la industria del porno se están preparando.

Es interesante observar cómo, a medida que el desnudo masculino aparece a plena luz del día, el traje apretado tiende a desaparecer. La ropa deportiva pasa a ser ropa de trabajo, Incluso hay algunas empresas que autorizan a sus empleados a que, los viernes, pueden ir vestidos en la oficina de una manera más informal. En regiones cálidas, como en Los Ángeles ya no queda ningún código de indumentaria. En Miami Beach, incluso los policías van en pantalones cortos. Y hay que añadir que tienen unos buenos muslos.

El hombre de negocios victoriano encopetado y obsesionado por los atributos del poder ya no existe. Tan sólo subsiste en algunos dinosaurios que asedian las sofocantes alturas de los despachos de dirección. Los hombres más jóvenes desarrollan los pectorales en los gimnasios. Sus mujeres y sus novias se lo exigen.

Habrán sido necesarias dos guerras y al determinación de numerosos fotógrafos, hombres y mujeres, para que el hombre se baje finalmente los pantalones y se reconcilie con la visión que los artistas de la Antigüedad y del Renacimiento tenían de él: el hombre ha de ser hermoso.

En la actualidad, hombres y mujeres comparten los mismos empleos y responsabilidades y ser guapo es responsabilidad tanto del hombre como de la mujer.

Paradójicamente, las cualidades que los homosexuales siempre han admirado en los hombres son las mismas que aprecian las mujeres, pero mientras dependían de los hombres no dieron su opinión. Hoy son libres para admirar unas buenas piernas, una espalda ancha y un abdomen en forma de tableta de chocolate. Lo que durante siglos se les ha exigido (“ponte guapa”), se les exige ahora también a los hombres. Tal vez estos últimos hayan perdido su imagen de protectores, pero se han ganado el derecho a ser tiernos.

Así como no hay muchas posibilidades de que las mujeres regresen algún día a su cocina y abandonen sus libertades, tampoco es muy probable que el desnudo masculino vuelva a taparse. El hombre habrá necesitado un siglo para desembarazarse de sus ropas. ¡Y que bien que sienta! Este siglo nos habrá enseñado una cosa: cuando algo nos sienta bien, no hay que pensárselo dos veces.

Fuente: Libro The Male Nude. Benedikt Tasche Verlag GmbH 1998. Autor: David Leddick.

No hay comentarios:

Publicar un comentario